Cómo llegó a posicionarse Uruguay como país vitivinícola

Las cepas primigenias fueron traídas de España, a mitad del siglo XVII, para ser plantadas hacia el sudoeste del país que hasta entonces aún era llamado la Banda Oriental. En aquel entonces, estas plantas (que se considera era Moscatel) eran cultivadas y cosechadas para el consumo familiar, uvas de gran calidad de las que ya entonces resultaba un delicioso vino que era compartido en el hogar.

Si bien estas prácticas fueron instaurándose como tradición y los viñedos fueron creciendo y multiplicándose, gracias a la independencia recién alcanzada, aún no era suficiente como llegar a nivel de producción industrial. Pero pasando los años y en pleno contexto preindustrial, la llegada al país de Don Pascual Harriague, desde el país Vasco fue determinante, pues la visión europea y el progreso que venía alcanzándose en distintos campos comerciales en el viejo venían infundiendo en él aspiraciones empresariales, que cristalizaron en un país de una industria incipiente pero con grandes potenciales, gracias a las semillas de uva que eran tan populares y familiares a todos y de las cuales ya se extraía un vino sencillo y tradicional.

Ya en Entre Ríos, Argentina, se cultivaba la especie Tannat, una uva de gran calidad que aprovechó Don Pascual trayéndola a territorio uruguayo. Asimismo, Francisco Vidiella cultivaba al tiempo otras variedades de uva con origen en Europa, por ejemplo: Folle Noire, de Francia, a la que se le conoce también como Uva Peñarol y que con el tiempo ganó el nombre de su cultivador: Vidiella. La cual se cosechó por primera vez en 1883.

Otra especie que debe recordarse es la Gamay Noire, también francésa, cultivada en Carrasco. En Uruguay se le llamó Borgoña; por último cabernet, una de las más populares al día de hoy.

Marco legal y crecimiento de la industria

Llegaron con el tiempo las consideraciones legales a un producto que ganaba cuerpo y presencia en la escena comercial. Y no podía ser distinto, porque las condiciones geográficas del país, su clima y latitud lo ponían como un potencial exportador de vinos. Entonces se erigieron leyes adaptadas al contexto empresarial y beneficiando a los emprendedores, de lo cual resultaron beneficiados en principios, los dos pioneros, Vidiella y Harriage, que además recibieron el premio del estado como productores.

Estos avances tanto legales como en la apreciación cultural de esta industria que nacía con fuerza y se posicionaba a nivel mundial, trajeron grandes satisfacciones a quienes se fueron integrando; en principio con la integración de cátedras que enseñaban la vitivinicultura en la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, lo cual representó en suma la ampliación de los conocimientos en la materia como patrimonio del país.

Además, nació la Escuela de Vitivinicultura. Del mismo modo fueron creciendo las empresas nacionales y fortalecieron así el comercio del vino, para posicionar esta actividad como una alternativa comercial viable. Ya en 1959 se estaba hablando de un record histórico, al haberse cultivado en el país 19.000 hectáreas de distintas especies de uvas. Un paso y una consolidación de la industria del vino.

A pesar, no obstante, de la creciente fama y el éxito, los consultores de Francia que visitaron el país posteriormente concluyeron en que debía hacerse ciertos cambios, los cuales incluyeron especialización de las especies y cuidados técnicos de mayor nivel en la producción de los vinos de más calidad. Así, fue creado el Instituto Nacional de Vitivinicultura, una institución no estatal que ha impulsado hasta el día de hoy las alianzas internacionales, beneficiando el comercio hacia el exterior y enriqueciendo el producto del país.

De allí que hoy día prefiramos El vino de Uruguay por encima de muchos otros y que en nuestras estanterías, en cualquier parte del mundo, los vinos hablen muy bien de este frío país sureño, que ofrece productos de primera al resto del mundo.